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Hace años me habló de la necesidad de dejar temporalmente el teatro y aventurarse a escribir una novela.

Lo dije poco antes del estreno de Pluscuamperfecto, una obra que luego rebauticé Novela y poesía. De hecho, esa pieza preparaba ya el terreno para un texto narrativo.

De eso hace mucho...

La obra se estrenó en noviembre de 1995. Es decir, han pasado casi diez años desde entonces. Creo que dije literalmente: "Y si tardo diez años en escribir esta novela, ¡tanto me da!"

¿Intuía entonces lo que le esperaba?

Aventurarse quiere decir embarcarse en un proyecto incierto. Lo que no me imaginaba era que, en realidad, me esperaban tres: el de la creación, el de la publicación y el de la procreación. En esos años han nacido mis dos hijos, y durante mucho tiempo me dedicaba básicamente a mi papel de padre y a la necesidad de cubrir unos costes de la vida cada vez más altos.

Usted dejó el teatro, y Alejandro Guadé, el pintor desaparecido de la novela, aborta voluntariamente una carrera de artista muy prometedora.

A veces decía a mi mujer que yo, ante todo, era una falsa promesa. (Ríe.) Tanto mi carrera como escenógrafo como la de dramaturgo comenzaron muy bien, y no descarto tampoco volver a trabajar para la escena. Pero lo que tengo comprobado es que, a la larga, no me encuentro cómodo en el mundo del espectáculo, donde tu trabajo depende de demasiados factores y agentes. Eso sí: esa no especialización te lleva por caminos mucho más largos, que, por otro lado, suelen ser los más gratificantes.

En El vigilante hace una crítica bastante dura del mundo del arte en general.

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